Quizás sea hora de volver

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Mezquita Mohamed Aal-Amin, la mezquita azul, en el centro de Beirut

Porque esto ya es tentar a la suerte. Vinimos con un atentado en el aeropuerto, volvemos por el mismo país en medio de purgas estalinistas y coletazos de golpe de Estado, y aunque parece que la pedrea durante este mes cae lejos (Niza, Dahka, Bagdag, Dallas, Munich) este barrio donde vivimos está bajo perpetua amenaza de bomba. Los días pesan, y más que los días, los aconteceres. Pesan los consejos de seguridad: por ahí no, a esa puerta no llames, no te presentes sin más, no vayas solo, no te juntes con aquellos, no vayas con los otros. Pesan los “no hagas fotos” del guarda de seguridad en su cabina, del policía en su garita, del miliciano en su barrera, del marido/dueño de las tres chicas risueñas con velos de colores. Pesan los eventos nimios: el frutero del barrio un día se levanta de su silla, y te pide el pasaporte, y te pregunta si tienes coche, y en ese caso, cómo es que ayer te vimos en un Citroën todo sucio, no verá, es que me vinieron a buscar unos amigos. Hasta ayer era un frutero a la puerta del negocio, viendo pasar el tiempo. Desde entonces ya no fue tan sólo un simple tendero.

Pesa también P. y los riesgos que asume. No me refiero a eso de ir a pasear por Sabra y Chatila aunque la Embajada nos dijera que ni locos nos metiéramos ahí -que para el caso, podía ser el Sursum corda o decirlo cantando-, o de irse de chupitos (sin alcohol, supongo) con los amigos de Hizbolá, que cada uno es libre de hacer amigos donde quiere y cuando puede. No. El mayor riesgo que hemos vivido ha sido cuando al lúcido de P. se le va la cabeza y se pone a tararear el Hava Naguila en la parada del autobús, en el puesto de kebabs o en la cola de la frutería. Que podía haber escuchado la víspera de venir a Manolo Escobar o Nino Bravo, pero no. El Hava Naguila. Lo único que creo es que el espía-frutero (o el del kebab, o el chófer del ministro aquel de Hizbolá) habrán pensado que un espía judío no cantaría una canción judía. Que el Mosad no mandaría al Líbano a un agente tan tonto.

Así que, P., creo que podemos darlo por acabado. Hemos visto mucho y tenemos mucho que agradecer. Hemos pateado la ciudad y parte del país. Has cruzado el Litani, y si no has ido más allá es porque había minas y dragones. No te puedes quejar. Lamento mi sonrisa falsa de “todo-va-bien” cuando nos paran el coche en los controles militares, pero no sé hacerlo mejor; a mí es que me sacan del club de tenis y pierdo el norte. Haciendo recuento, de todo lo que teníamos previsto, apenas nos falta una entrevista y un viaje (sí, también ahí nos dijeron que con mucho ojo, que había barbudos pescando). Y a cambio, tenemos mil otras cosas con las que no contábamos. Beirut ya nos ponía ojitos antes de ir. Ahora, después de acariciarla en sus rincones más extraños, creo que los dos la amamos casi por igual.

Aunque para la próxima investigación, ya sabes: Saint Andrews, Escocia. No pasamos calor, nos entenderemos perfectamente, y el máximo riesgo será no ver al monstruo del Lago Ness, o que la cerveza del pub no esté a la temperatura correcta.

Porca miseria. No sé para que sueño con eso. Los dos sabemos que vamos a acabar visitando Kigali. Al tiempo.

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Pasando la tarde en la Corniche, entre el riesgo

De esquirlas y murales

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Catedral de los Capuchinos

Cuando uno pasea por antiguos campos de batalla, lo hace mitad por puro fetichismo, mitad por una conexión simbólica con la Historia. Hay algo, que no todo el mundo aprecia o comparte, que es ver con los propios ojos lo que en su día vieron otras gentes y otras circunstancias; los mismos paisajes, con diferente percepción. Pero intentando ponerse en la piel y en la cabeza de aquellas gentes, intentando comprender, en definitiva. No es tan raro, creo yo; a fin de cuentas estos días salen en los periódicos un montón de personas persiguiendo dibujos animados con sus teléfonos móviles por las calles, a ver quién va a ser el rarito si nos ponemos puntillosos.

El caso es que, de tanto paseo, uno acaba viendo normal que en la geografía de la guerra los estucados tengan agujeros, las paredes desconchones y las ventanas estén sin cristales. Es un paisaje habitual, cuando han llovido piedras y plomo. Lo que asombra, y nunca dejará de hacerlo, es que esas heridas en las fachadas estén en los sitios más inverosímiles, en ángulos improbables, en los barrios más recónditos, en las esquinas donde más a salvo uno se podría creer.

Por eso, sin que sirva de precedente, en ocasiones como esta, como ahora, a uno le gusta ver esos murales de paz y amor, vamos chicos todos a una, lará-lará, de los que tanto desconfías en occidente. Verlo aquí le da un significado especial. En este sitio, donde una altísima fuente de uno de los lados en conflicto nos acaba de decir -cito literalmente- que el otro bando es la “encarnación del mal” (sin asomo de metáfora ni poesía en la frase), en estas condiciones, este mural no es pose ni postura. Lo fácil es poner carteles con el rostro de tus mártires, o la glorificación de tus objetivos, o las banderas de los tuyos. Esta es la excepción. Ojalá sea una declaración de principios.

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Mural en Military Bains, Beirut

La biblioteca y sus regalos

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La Universidad, un oasis

Abro la puerta, despacio, porque el centro de investigación es pequeño y suele estar silencioso. El aire acondicionado a menos 30 grados sigue su laboriosa tarea de destrozar el Amazonas a base de emisiones, pero no le damos demasiadas vueltas, porque el fresco es bienvenido tras el polvo y el calor. La Universidad es un oasis, pero este sitio es la nevera del oasis. Abro el ordenador, saco la libreta, busco la página en el libro, y comienzo a trabajar. Porque, a pesar de lo que creéis, malditos, hemos venido a eso, a estudiar.

En la mesa circular de la biblioteca Khalidi estoy casi solo, con una chica regordeta con velo al otro lado. Al cabo de un rato se acerca otra estudiante, mayor, unos cuarenta años. Los cursos de árabe de esta universidad son famosos, y viene gente de todas las edades. Saca sus papeles, su ordenador y una fiambrera. Sonrisa amable y de protocolo, y vuelta cada mochuelo a su trabajo, parapetados tras las pantallas y los apuntes. Y de pronto, nuestra nueva compañera de mesa nos extiende a cada uno una fruta, un melocotón, con su correspondiente servilleta. La chica del velo, sonríe y la acepta con naturalidad. Yo la rechazo, y mi nueva amiga vuelve a su fiambrera y me ofrece una manzana. Me deshago en sonrisas para decirle sin idioma que no, pero que muchas gracias.

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Uvas del Shouf, Líbano

Dos horas de lectura y notas después me paro a pensar: qué bobo he sido. A veces hay que aceptar los regalos como vienen, sin tanto reparo. Qué sé yo si esta señora es rica, tiene un huerto y le sobra la fruta. O peor -mejor- aún, eran sus únicas tres piezas de fruta y las compartía de corazón. No le daré vueltas, pero el gesto, en cualquier caso, me ha consolado de tanto polvo, tanta ruina, tanta guerra y tanto terrorismo. Que se le queda el corazón triste a uno de leer tanta miseria. Porque, eh, leemos. Que hemos venido a estudiar.

Teoría del “selfie”

 

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Solpor en Raouché

La vida se abre camino en cualquier escenario, por difícil que parezca. Quizás no se abra con el mismo nivel económico, con las mismas esperanzas o con la misma ingenuidad. Pero se abre. La guerra no es un interruptor de la luz, on-off, y todo sigue igual o cambia completamete, no. La guerra avanza silenciosamente, paso a paso, hoy un muerto, mañana tres. Al final, el caos. Pero esto significa que, al no ser un cambio radical, la guerra no detiene el amor, el curso académico o el cine del domingo, aunque las clases se den en aulas derruidas, o el cine se vea interrumpido. La vida discurre contra toda lógica, de la manera más inverosímil. La Universidad donde estamos tiene a gala haber permanecido abierta durante toda la guerra del Líbano (1975-2000). Del mismo modo el terrorismo, en Niza, Bruselas, Dhaka, o Bagdag, los camiones que pasan por encima de los viandantes, incluso los golpes de Estado, todo eso molesta, pero no impide que mañana salga el sol. Para los que mueren, no, efectivamente, eso es lo que tiene de incómodo la guerra y el terrorismo. Pero el resto se seguirá sacando selfies vanidosos o tirándose al agua entre las rocas.

Al hilo, podríamos hacer una teoría del selfie, del “estoy porque me he fotografiado”, o del “yo soy los más importante del paisaje”. Algunos podréis pensar, por tanto, que como ni P. ni yo salimos en estas fotos, lo mismo estamos escondidos en un hostal de Calzada de Calatrava. Va a tener que ponerse P. a sacarse fotos a sí mismo delante de las mezquitas para entrar en la dinámica. Yo me resisto. Yo creo que un careto deformado a 18mm no mejora la foto, aunque sea prueba irrefutable de que estás allí. Y eso que me encantan las fotos de familia, las que nos regalan la inmortalidad. El problema no es salir en las fotos, el problema es cómo salir.

La norma debe ser no fotografiar si antes uno no se ha empapado de lo que ve y lo ha grabado en la retina. Que antes se inmortalice la sensación, el recuerdo, la memoria. Y eso obliga a hablar, a estar, a meterse. Muchas veces sin lengua común (incomprensiblemente, los chicos que saltan al agua en La Corniche no conocen el inglés ni el francés, y mucho más increíble aún, tampoco gallego, valenciano o bable) pero la koiné del gesto y la sonrisa permite mucho. Calor en el corazón y alegría de espíritu, amén de alguna foto decente.

Por rematar, desde el sitio donde esa familia hacía ese selfie en vertical (!), se ven las famosas Pigeon Rocks. Los suyos no lo sé -a lo mejor han logrado una obra de arte- pero dudo de que mi careto mejorara la vista:

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Pigeon Rocks, Raouché

 

 

Corderos ante el matadero

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Ofrendas como tesoros

Misa en los Franciscanos de Hamra. Población variopinta: africanos de muchos sitios, filipinos, algún japonés y varios árabes. Mayoría aplastante de mujeres, algún europeo despistado, además del sacerdote, ya con sus años, y un acólito joven de cabeza rapada y largas barbas. La misa es sentida: cuatro viejas hacen coro con un piano y un director que hace de tenor; el sacerdote no recita, se diría que conversa. Para entrar aquí hemos pasado entre dos soldados armados, porque hay doble amenaza de bomba, por barrio sunní y por iglesia cristiana, seguimos para bingo. Tras los soldados, ya en el micro jardín, se apiña en la sombra una verdadera multitud de filipinos, que son las gentes de servicio doméstico por estos lares, y tienen contratos esclavos de dos años de media y sin días libres garantizados. Más filipinos cantan en los locales parroquiales, y hay una ordenada fila para poner velas a la Virgen. Hay hasta quien vende relojes, bajo una buganvilla. El camino es de tierra roja, y alguien ha dispuesto unas baldosas espaciadas, semienterradas, por las que puedes ir de un lado a otro, como jugando.

Se respira paz.

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Velas a María. Franciscanos de Hamra

La misa sigue, en un francés macarrónico -nos han dicho que la siguiente es en tagalo, así que hemos optado por lo malo conocido-, y discurre por caminos trillados, estamos cómodos. Hasta la paz, ese momento de darse la mano y mirarse a los ojos. Que la Paix du Seigneur soit toutjours avec vous. Y estiras la mano a un lado y a otro, nada más, como en el pueblo hosco del que vengo. Miras alrededor por si una mano se te tiende, y de pronto empiezas a cruzar miradas. Delante, detrás, a los lados, desde el otro extremo de la nave; miradas francas, alegres, que te taladran, sonrientes y con inclinación de cabeza incorporada. Miradas que atan. Miradas de comunidad, que se sienten seguras y felices entre estas paredes, quizás no porque haya soldados a la puerta, sino porque saben que las ovejas conducidas al matadero ya no temen a nada. Lo demás es accesorio. Estar juntos, celebrando la vida, cantando, sonriendo al recién llegado, eso es lo importante.

Y sales de misa con el alma atravesada.

La vida de verdad

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Saltos en la Corniche, Beirut

La vida de verdad es tirarse en calzoncillos al agua sucia, con riesgo de partirte la cara contra las rocas, y hacerlo con risa, por disfrute, una y otra vez, hasta quedar cansado de reír y de nadar.

La vida de verdad es bañarse con vaqueros, que el calor seque la ropa, y tener por todo equipaje unas sandalias de goma.

La vida de verdad es jugar con tu pandilla a ver quién logra reunir más monedas, sonriendo encantador y sucio a los turistas.

La vida de verdad es arrastrar al atardecer una silla de plástico hasta el mejor punto del paseo, y ver la puesta de sol como la vería un rey complacido en su trono.

La vida de verdad es una pipa que huele a fruta escarchada, y un el ajedrez con los otros aparcacoches de la calle.

La vida de verdad es prometerle una velada romántica a tu novia extranjera, y llevarla a pasear por la bahía (vestida de calle, cómo no) en un atadillo de porexpán y maderas, remando con las manos.

Love Boat 600

Love piraucho trip

Quizás la vida de verdad sea sucia, pegajosa, e incomode a los que siempre hemos comido con mantel de hilo y somos escrupulosamente puntuales; la vida de verdad no se ocupa de la hipoteca ni de los impuestos, y tiene sus riesgos (higiénicos y de muchos otros tipos). Pero cuando no tienes muy seguro el mañana y sólo tienes el hoy en el bolsillo; cuando la guerra ha pasado por encima de tu casa y de tu familia, y te ha enseñado el verdadero valor de las cosas… Entonces, aunque sucia y pegajosa, disfrutas de la vida de verdad.

Banderas al viento

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Hizbolá marcando el territorio en Nabatiye, al sur del país

El mitad del barrio de Manara hay unas banderas, tipo gasolinera: desteñidas, rancias, clavadas en bidones rellenos de cemento. Por allí pasamos muchas tardes, camino del sur, y un día P. se fijó en que, curiosamente, no había gasolinera tras las banderas, y en cambio, había un gordo con pistola metida descuidadamente por dentro del pantalón. Las banderas de marras eran del Partido Sirio Social Nacionalista, y los paisanos que nos miraban pasar debían de ser afiliados al asunto. Intenté sacarles foto, oui, tourist, ispaniye, pero tampoco coló. La, la, la, no, no no. El día anterior habíamos visto en Beirut Este otro grupo de milicianos con banderas, un poco más vistoso, uniformados y no tan obesos, con las banderas menos raídas: los del Kataeb, partido en el que se vuelcan muchos cristianos.

Los Sirios Social Nacionalistas (SSNP, qué juego de palabras y siglas más peligroso) forman parte minoritaria de una de las dos coaliciones gobernantes, en tanto que el Kataeb (“las Falanges”, envido tres), es parte de la otra. En total hay en el Líbano 22 partidos políticos. Los sirios tienen apenas dos diputados de 128 asientos en el Parlamento, y ningún ministro. Los datos asépticos contrastan con la imagen de ese edificio en Manara, con banderas al viento, un vigilante dando paseos por el balcón, y otros tres intentando captar el inexistente fresco en sillas de plástico a la puerta. Todos ojo avizor a ver quién pasa por delante. Se estima que las milicias del SSNP cuentan con unos 10.000 “afiliados”.

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Control del SSNP en Manara. Más cerca, te gritan

Pasemos esto al ejemplo europeo. ¿Somos capaces de imaginarlo? Un grupo, el que sea -por la izquierda o por la derecha, hooligans futboleros o colectivo de bruñidores de bolas de billar-, que se uniforma, y monta guardia en la sede de su partido, marcando espacio y abdominales, y portando armas. No sea que por robarles las fotocopias del alquiler, u otra semejante información vital que allí guarden, tengamos que anotar un puñado de muertos… como lleva pasando desde hace años, con reiterado compás, por estos lares. Banderas, camisas de uniforme, puestos de vigilancia en las casas del partido. Todo eso suena a la época prefascista, ¿verdad? La diferencia es que allí, en la Europa curtida a cicatrices, el sistema tiene capacidad reactiva en las cuestiones del monopolio de la violencia. No estamos vacunados, no hay más que mirar a Yugoslavia. Pero el día que el Partido Muy Democrático y Nacionalista de Las Arribes del Duero se uniforme y lleve armas, ese día espero contundente acción policial. Incluso sopapo y tentetieso, a ver si vas a llorar por algo. O eso, o preparo la maleta y nos ponemos camino de Colliure.

Dinero y mujeres

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Nur nos ofrece una flor

P. se gasta el dinero en mujeres; suena fatal, pero es así de crudo. Además, se gasta una cantidad enorme, indecente. Como tiene el corazón blandito, cada vez que ve un mendigo, se para dubitativo a pensar si le da o no. Pero si la que le alarga la mano es una mujer, ni siquiera se lo piensa, y le saca un par de monedas. Se para lo justo para que no haya desprecio, pero no demasiado, para que tampoco se note. Si se nos acerca un niño, que es muy frecuente, entonces P. le extendería un cheque si tuviera. He tenido que esperarle en una esquina (solo en Beirut, eso es riesgo) porque había ido marcha atrás a comprarle un bollo a una chiquitina. P. ha estado tres o cuatro veces a punto de comprarme una rosa que nos ofrecían. Mejor, porque luego hubiera sido incómodo explicar a los circundantes que no, que no somos gays, que es sólo que P. es blandito. No veo yo al vecindario progresista ni abierto en estas cuestiones.

Así, a ojo, creo que P. ha comprado un paquete de clínex, otro de chicles, una botella de agua, un par de papeletas varias, una ristra de algo semejante a conchas y seguro que algo más. De todo lo que ha comprado, no se ha llevado nada; mal negocio. Dinero a cambio de nada. Bueno, en el fondo es a cambio de una sonrisa agradecida. Esto ha llevado a que en cuanto ponemos el pie en la calle nos rodee una horda de pequeños empresarios callejeros, que se debe haber corrido la voz: los extranjeros bobos que regalan dinero. Ayer le decía a P. que la última niña a la que le había dado un par de monedas iba demasiado bien vestida, que lo mismo pedía dinero por deporte. Él me decía, con razón, que a esas horas de la noche una niña de ocho años no puede estar dando vueltas por la calle, por muy vestida que vaya. Al final, P. va a estar invirtiendo en la reconstrucción económica del Líbano tanto como el propio gobierno.

No tengo fotos para certificar esto, porque P. es muy rápido, el jodío, y porque no quiero comprar imágenes que no son mías. La sonrisa de esos niños, de dientes grandes y blancos, es sólo de P. Por eso he puesto ahí arriba a Nur, que no mendiga, ofreciéndonos una flor, a cambio de nada. Por el momento tendréis que imaginar la pléyade de ojos risueños y caras de sencilla felicidad, negociando alegres una moneda más.

La guerra de las cucarachas

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Ascensor en la entrada a una casa, Hadeth

Uno está acostumbrado a pensar en la guerra como un general -vicio de aristócrata, lo reconozco-: grandes unidades, líneas en un mapa, fechas y horas en un diagrama, ofensivas, movimientos de pinza y todo ese vocabulario técnico de despacho. Pero cuando aterrizas y tragas polvo (boots on the ground, que dicen los ingleses), descubres aspectos más bien miserables de esas líneas en el mapa. Por ejemplo, este ascensor, acribillado, en el barrio de Hadeth. Aquí no había línea, no había pinza y ni siquiera bandera. Aquí había alguien luchando por su vida, y otro alguien empeñado en arrancársela.

Esto no es Verdún, no es Kursk, ni siquiera es Little Big Horn. Esto es un triste ascensor en una vivienda de una colina cualquiera, en Beirut. En cualquier gran batalla debe haber ardor, valentía, ansia de gloria o victoria y algo de inquina contra el enemigo, claro -porque sin odio no se consigue que la gente mate al vecino de enfrente. Pero cuando las balas trazadoras te persiguen por un pasillo hasta el baño, estallando azulejos, o se incrustan con saña en el ascensor, entonces el odio lo supera a todo, a la valentía, la gloria o el ardor. Entonces la guerra deja de ser táctica y estrategia, y pasa al plano personal. Entonces no te rindes (ilusorios convenios de Ginebra, pobre bandera de la ONU), porque va tu cuello en el asunto. Entonces, si sales vivo, harás lo mismo, y perseguirás a tu enemigo hasta su cubil, porque si no él lo hará contigo a la noche siguiente. Y ya no habrá otro entonces.

Los indios en Little Big Horn no lo llevaron al plano personal, aunque no dejaran cuerpo con cabeza: eran las reglas del momento, así se combatía en las praderas. En Verdún no hubo tanto odio como obediencia y sinsentido; a la postre, bastantes más muertos, pero muertos despersonalizados: minas, artillería, gases. Pero en estas guerras cainitas de fin de siglo parece que el objetivo no es el territorio, el sistema político o la explotación de los recursos: son guerras “eliminacionistas”, guerras de cucarachas, donde al enemigo no se le vence, se le fumiga. Guerras sin gloria y sin héroes, donde cada bala lleva escrito un nombre diferente. Guerras ad hominem.

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Interior de la Embajada española, 16 de abril de 1989. Foto: Cambio 16

 

Por cierto, este ascensor está muy cerca de donde murió el embajador Arístegui, allá por 1989, por obra y gracia de un proyectil sirio de 240mm (de 130 kilos) que cayó en el Palacio Chehab, la Embajada de España. Arístegui, hombre grande y barbado -capaz de entregar un ramo de rosas a sus secuestradores como gesto de reconciliación-, no había renunciado al servicio en lugares incómodos, y sabía del riesgo que corría: el mismo Jumblatt, jefe druso, le aconsejó personalmente que hiciera las maletas, pues aquel día amenazaba lluvia: cayeron 40 proyectiles por minuto, concretamente.

También murieron en este país los seis soldados de la Segunda Bandera de la Bripac en 2007, por una bomba de 50 kilos en una Renault Express que explotó al paso del BMR de los cascos azules, aquí abajo, en el pueblo de Ebel el Faqi. Quizás no dominaban las sutilezas del complejo país en el que estaban, pero tenían clara -cristalina- su misión: lo demandó el honor, y obedecieron. Fueron “mártires de la paz”, dijo el páter de la Base Cervantes, en Marjayun, tomando prestadas las palabras del imán chií del lugar. Y es que hay muertes y muertes, y no es lo mismo morir por los demás, aunque sea por accidente, que provocar a la Parca corriendo delante de un toro. No me vayan a comparar.

Chehab Palace 600

Palacio turco de Chehab, antigua sede del gobierno Druso

 

Óxido y salitre

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Pescadores en Raouché

Beirut es húmedo y marino, el salitre se pega a todo y cuando posas la mano en un poste o una madera reconoces el tacto familiar de la costa, esa sensación a mojado que no lo es, algún grano de arena que queda en la mano, metales con capas y capas de pintura abiertos por el óxido. En los rompeolas donde acabamos muchas tardes viendo ponerse el sol, cada cierto tiempo (una de cada quince, quizás) una ola se levanta excepcionalmente, y pulveriza espuma a lo largo del muelle -no todos los musulmanes son terroristas, ni el Mediterráneo es siempre crema de yogur de cabra-, y si tienes suerte, notas el agua que llega suspendida en la brisa raquítica, y el salado en los labios. “De los cuerpos / del hombre en tus orillas una húmeda fragancia / de flor mojada permanece”, que decía el poeta en El Gran Océano. Y gracias al mar, al beso de la sal, uno se integra en la comunidad, en ese grupo de débiles huellas de humanidad, que con diferentes embarcaciones y rezando a diferentes dioses, se han aferrado a las costas de este mundo viejo, batallado por arrancar el sustento de la mar, y creado lazos con otros mundos nuevos a base de escorbuto y coraje.

Pescadores Paris Street 600

Después de la pesca. Dar Mreise, Beirut

Hay algo en común entre todos estos pueblos de la mar. Nos diferencian artes y jarcias, aparejos y la manera de bautizar los vientos. Pero hay un par de cosas que unen a un fenicio con un vikingo, y a los dos con un raquero de puerto, sea de Santander o de Beirut: tener el pelo tieso de salitre y el rumor de las olas encastrado en lo más profundo del alma.